Apocagénesis
El fin ya se acerca. Biblias, conjuros y libros esotéricos se entremezclan, como en los tiempos de oscurantismo y de guerra. Mientras aún se delibera la patria potestad del “escaparate de los huevos de oro” –alias “Borders”–
sus visitantes auscultan “entre cenizas” sus más recónditos deseos; sus carencias. Ya lo predijo Adam Phillips: todavía no hemos logrado circuncidar a la denominada “Era de los excesos”.
Para aquellos que aún no aceptan los hitos de la diversidad, todavía quedan muchos “Me”, de Ricky Martin, o varias biografías de Obama.
Para los que aún no entienden que padecer de un “trastorno bipolar” no es lo mismo que ser “moody”, todavía quedan DSM IV’s y libros de trastornos mentales por doquier.
Para aquellos que transitan en el binomio “anorexia-obesidad” pese a los karmas de la economía, aún queda la filita de la izquierda –alias la “diet zone”.
Para los que buscan respuestas sobre el supuesto fin del mundo en el 2012: lo sentimos, ya no quedan textos de este tipo. Sólo varios calendarios viejos del 2008 y un “montage” de textos subvencionados sobre política boricua, que nos recuerdan nuestros grandes errores.
Para aquellos que buscan libros sobre Puerto Rico, sus encantos, sus quimeras: sólo quedan algunas revistas sobre el éxodo “criollo” de profesionales.
Para los que quieren mejorar su inglés: al momento, quedan centenares de diccionarios, de todo tipo. Incluso varias películas “gringas” para aprender el “indescifrable” y largarnos a otras tierras.
Como si fuera un maleficio de Dante, nuestro patrimonio nacional –alias la librería celestial-infernal de la esquina–
ya agoniza. Aún nos quedan algunas aventuras quijotescas que emprender.
Con bordes o sin bordes, las bases de nuestra cultura líquida se desploman. Aún no internalizamos que sí existe una crisis y que nuestro capital intelectual –con libros o sin libros– se está marchando a Gringolandia.
Yo lo sé: no lo dijo Nostradamus. Pero ya estaba “escrito”.





















