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El alma está en la lengua

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No es lo mismo estar sin taxi, que sintaxis.

Existen muchas formas de llamarle a un árbol, como existen muchas formas de llamar a dios. Existen tantos nombres para un “árbol” como existen culturas y sociedades. Por lo tanto, el “árbol” tiene tantos nombres como idiomas existen. Es igual con dios.

Así como los homo sapiens sapiens compartimos un antepasado con el resto de los primates, también las palabras tienen un origen común y primitivo. Sin embargo, cada idioma descubre en su momento histórico la idea del “árbol” por su cuenta, cuando desarrolla identidad y cuando transmite reglas con el uso de un signo autóctono. No es casualidad que del ejercicio de nombrar y ser nombrado, haya nacido dios.

Cada cultura o comunidad de individuos relacionados se ve en la necesidad de nombrar “el árbol” y cada nombre es distinto aunque “traducible”. Creemos que la traducción es una relación concreta con el acto de nombrar en otro, pero no es así. Cada contacto es dado con una versión distinta de un “árbol” y cada palabra para nombrarlo tiene una consecuencia distinta en la conciencia del hablante.

No se llega al “árbol ideal” (en el sentido platónico) si no se tiene una experiencia directa. Eso me recuerda como Gabriel García Márquez describe esta relación con la cosa, en el primer párrafo de Cien años de Soledad:

Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

Cada cultura “inventa” su “árbol”, y si lo pensamos es imposible transmitir la historia de una lengua a través del ejercicio simple de la equivalencia entre idiomas. Por eso se mantiene aquello de que “Traduttore, traditore”: Traductor, traidor. Cada lengua es más que la suma de sus palabras y sus reglas; refleja la mentalidad y acopla el pensamiento a sus orígenes sociales sincrónica y diacrónicamente. El lenguaje es histórico y a la vez momentáneo. Unamuno decía que aprender otro idioma era como adquirir otra conciencia. Para mí, sería como inventarnos otro cuerpo.

El lenguaje no está definido por otra cosa que no sea la convención de asociar ruidos con entes y tiempos. Así que cada lenguaje es sinónimo del proyecto particular de una cultura como cada dios primitivo fue regional y localista. Cada idioma, además de crear una relación orgánica entre los miembros de un grupo, también define una trayectoria en el espacio, define su medioambiente, sus ocupaciones y sus cualidades como seres sociales.

Pero volvamos al árbol (o a dios). Si decidiésemos ver de cerca la relación de un humano con las cosas, veremos que su vínculo se da en el acto de contar. Los objetos son sólo nombrados cuando participan de una acción humana, o sea, cuando es requerida su presencia en una historia. El humano, que todo lo toca, va catalogando. Sabemos que algo no existe si carece de nombre y no existe porque no entendemos esa “cosa” como independiente de otra. No la vemos porque no la necesitamos. Dios aparece con el descubrimiento de la muerte porque el miedo nos hizo necesitarlo.

Cada lenguaje viene cargado de su propia relación con el mundo, pero siempre desde la perspectiva del sujeto. El lenguaje es la relación de un sujeto con una acción, y nuestra gramática es un cuento.

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No obstante, llegamos a dios desde la palabra porque creemos que es el sujeto, si vemos al universo como predicado. Establecemos esta “lógica sintáctica” tras la conclusión de que un reloj, implica un relojero. Pero esa relación entre sujeto y predicado (relojero hace reloj), ignora que el lazo entre cosa y acción, está dado solo por las cualidades que nosotros le atribuimos al mundo cuando hablamos, y es resultado de nuestro propio acondicionamiento narrativo. El lenguaje es producto humano y de él no se podría desprender otra cosa que no sea la descripción de nosotros mismos. En otras palabras, tenemos como prueba de la existencia de dios el que podamos nosotros usar símbolos para describir acciones.

Nuestra lengua nos llevó al pensamiento abstracto y esto se ha convertido en una de las herramientas más contundentes del humano. Nuestra “inteligencia” proviene de la estructura del lenguaje, que tiene sentido solo dentro del cuento. Dentro de la idea de sujeto y predicado, y con la estructura que esto sugiere, es que aprendemos. Igual, solo analizamos con el signo [1].

Pero en el fondo, la creación de la palabra es más que nada un reflejo del “comportamiento” de nuestra mente/cuerpo, y de las fuerzas que le gobiernan. Parece que no podemos pensar sin el signo, lo que entonces sugiere que tampoco podremos liberarnos de las circunstancias que nos definen, hasta que no superemos el lenguaje. Todo apunta a que éste encuentra sus límites en nuestras habilidades como organismo vivo.

Alex Grijelmo habla sobre el idioma inglés [2] y dice que, además de las obvias palabras adoptadas como consecuencia de la vanguardia tecnológica que representa el imperio del inglés, existe otro nivel que evidencia esa forma en que el idioma se construye a partir de la práctica económica, social y política.

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En inglés la “I”, refiriéndose al sujeto en primera persona (entiéndase: “yo”), se escribe siempre con letra mayúscula. Como la palabra “dios”. Así, según Grijelmo, el hecho de que se escriban cosas como “my head ache” (en español diríamos: me duele la cabeza, no: me duele mi cabeza) con énfasis en lo posesivo, también resalta sus genes. A todas luces el inglés quedó consolidado como lengua junto con la idea del individuo.

El idioma también enfrenta otro problema al nombrar, y está dado cuando intenta identificar cosas individuales. El nombre es en realidad una relación arbitraria y, con el nombre, nace la dualidad entre el mundo de la mente y el mundo referencial.

La palabra nos hace cargar con el espíritu de las cosas y parece convertirse en realidad objetiva e independiente de lo que nombra. La palabra, al adquirir independencia de la cosa, convierte al nombre propio en una ambiciosa cualidad humana. Creemos que darnos nombres nos diferencia. Pero sabemos que los nombres propios nos son dados y dicen más de la historia del “otro” que de nosotros. Además, nos cosifica.

Por lo mismo, podemos estudiar el pasado con la palabra. Conservar la forma en que escribimos psicología, (así con la “pe”) nos permite remontarnos hasta los griegos y entender su raíz en la “psiquis” con su idea del alma o su más evolucionada forma: la conciencia. Conocemos con la hache de “almohada”, que es de origen árabe, y así nos hacemos capaces de aprender con las palabras como si fueran “documentos”. Por ejemplo, “denigrar” significa poner a alguien al nivel de un negro. Esa palabra en sí define su origen; define una conciencia y un momento histórico. Ignorarla sería superar aquella conciencia, al igual que utilizarla sería prolongarla [3] .

Nuestra mente es el ejercicio de “desdoblarnos”. El lenguaje contribuye a construirnos mientras nos describimos. Nuestra conciencia es la reacción a la historia de la palabra.  Su genealogía es el origen de nuestra mente; es la base desde donde construimos el futuro y la única razón por la cual creemos conocer a dios. Me explico.

Nuestra forma de comunicarnos describe la acción como el predicado. Esa relación es gramática pero también es el resultado del choque entre cosas quietas. El mundo está en constante cambio y esa cualidad nos rige. Pero con nuestro lenguaje somos incapaces de agarrar la descripción del cambio constante pues para recoger un objeto con el lenguaje, tenemos que congelarlo; tenemos que detenerlo en el tiempo y el espacio. La idea de que existe lo quieto, nace de la forma en que se paraliza la cosa en el signo porque, como dice Che Melendes [4], esconde lo que pretende describir. La paralización que logra el signo lleva al humano hasta dios, que es considerado entonces el signo de todos los signos: lo eterno.

Dios es total y absoluto porque hoy día dios no cambia. Si el dios que domina el mundo no cambia, entonces su cualidad primaria es al mismo tiempo una gran contradicción porque representa el cambio desde la quietud.

Sin embargo, si dios fuera él mismo el cambio, como fue para muchos de nuestros antepasados, no podría ser una base de moral o cosa absoluta, porque lo que cambia nunca es nada, salvo siempre algo distinto.

Al parecer, y siempre desde la aceptación que toda interpretación del pasado remoto es en cierta forma un cuento, podríamos concluir que la forma en que pensamos viene de la forma en que contamos y viceversa. Inventamos el espíritu a las cosas con las palabras mientras nos inventamos a nosotros mismos el alma con la lengua.

Notas:

[1] “Because the mind analyses, the sign appears. Because the mind has signs at its disposal, analysis never ceases.” Foucault, Michel; The orders of things.  Editorial Vintage. Abril 1994. Pag. 61.

[2] Ver: Grijelmo, Alex; Defensa apasionada del Idioma español.

[3] Como dato curioso, en inglés se le llamaba lord (y todavía en la religión y en las monarquías) a quien está en la cima. Lord, literalmente significa loaf giver, o quien reparte el pan; o sea, el de la torta. Su objetivo es tener poder y control, tras crearle una deuda al oprimido. Ver: Bloom, Howard; The Lucipher Principle.

[4] Nada es —permitiéndoseme la paradoja— donde y cuando se hace ser —permitiéndoseme el pleonasmo—”. “Glosa a la forma”, en La casa de la Forma.

About Amado Martínez Lebrón

Amado Martínez Lebrón has written 17 post in this blog.

Nace durante el 1973 en Santurce, Puerto Rico. Hizo su bachillerato en Filosofía y Letras en la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras, y su maestría en Historia. Fundó la Organización Socialista Internacional (OSI) en el campus de Río Piedras. Genera propuestas de arte conceptual, además de escribir, producir, diseñar y coordinar para la industria audiovisual local. Por casi cuatro años promovió artistas plásticos y músicos, en su negocio en el viejo San Juan, llamado Enlaces Café. Es escritor y poeta.

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  1. Enrique Puig says:

    No dispongo de acentos. Se puede escribir sin acentos? Si se puede, La Mercedes se sienta en la cuerda de la oracion como un pitirre gordo llamando a su cria perdida en el arbol caido. Y la encuentra y le echa el agua dentro de su piquito.

  2. Enrique Puig says:

    No dispongo de acentos. Se puede escribir sin acentos? Si se puede, La Mercedes se sienta en la cuerda de la oracion como un paloma gorda llamando a su cria perdida en el el arbol caido. Y la encuentra y le echa el agua dentro de su piquito.

  3. Bueno Enrique… yo tambien le someto sin acentos.

    “Unamuno decía que aprender otro idioma era como adquirir otra conciencia” — mi escritor favorito. Inicialmente fue obligado, no me quedaba de otra. Luego crecio en mi. Quizas por que junto a el aprendi a utilizar la palabra como arma de doble filo. Cosa que no le viene mal a una cinica-sensible-manipuladora como yo!

    Te seguire leyendo…tu sigue escribiendo. Vale?

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