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El relleno de dios

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Mientras les escribo, estoy observando dos dibujos provistos por Shigehisa Kuriyama en su libro: “La Expresividad del Cuerpo, y la divergencia de la medicina griega y china” [1]. Los dibujos representan dos cuerpos. De un lado está un dibujo chino del 1341, y en el otro uno europeo del 1543. Las diferencias entre ambos son obvias. Y me pregunto si el origen de esas diferencias, podría ayudarnos a iniciar el camino hacia nosotros mismos. Y cuando digo camino hacia nosotros, no es que considere que tengamos algo fuera, o no sepamos dónde estemos, más bien hablo de buscar el origen de nuestras interpretaciones de la vida y de “nuestro cuerpo”, entendiendo que no todos los humanos se han descrito de forma semejante.

El cuerpo como objeto ha pasado de ser materia a ser idea. Pasó de ser animal a tener historia divina. Construimos genealogías de ideas y arqueologías de pensamientos, y cada vez que vamos a buscarnos al pasado lo hacemos convencidos de que somos especiales. El problema con la idea de ser especiales es que no logra separarnos convincentemente de la idea de ser eternos. La tradición del pensamiento concluye casi siempre en que es maravillosa nuestra existencia; y parece claro que sentirnos especiales nos ayuda a no desaparecer como especie, pero esa idea de ser especiales nos llega más por ser curiosos que por inventar dioses eternos.

La religión se convierte en una forma de especulación intelectual cuando lo conocido no logra alcanzarnos las respuestas. Esto sugiere que su origen depende de la comprensión de la “realidad” y que empieza justo en donde acaba nuestro conocimiento. La religión es una confianza excesiva que ponemos sobre el pensamiento. Veamos un ejemplo.

Aristóteles creía que la trayectoria de un proyectil en el aire eran dos líneas rectas. Llegó a tal conclusión tras el ejercicio de la contemplación aislada: “el pensamiento puro”. Estaba convencido de poder descubrir las verdades a través del pensamiento porque creía que de alguna manera estaban ya en nosotros. Aclaro.

Si tiramos una piedra, la fuerza de gravedad le va quitando altura poco a poco. La trayectoria que dibuja es una curva suave: una parábola. Aristóteles creía que la piedra alcanzaría su punto más alto y caería perpendicular a la tierra: que subiría lineal y caería lineal. Pero nunca hizo el ejercicio de observar su trayectoria con cuidado. Galileo resolvió el problema que tenía el modelo aristotélico, pues resultó necesario predecir la trayectoria de los proyectiles  de guerra con una demostración hecha sobre una rampa de madera y unas esferas…

Los humanos especulamos y nuestra primera especulación fue la palabra. Asociar un ruido con una cosa es, si lo estudian con cuidado, una ciencia. Luego presenciamos los fenómenos bajo esa regla que imaginamos y le adjudicamos, a la palabra que describe el fenómeno, un tipo de existencia independiente a la cosa. La palabra nos permite andar con cosas dentro. Inclusive, si tiras una piedra al aire verías lo mismo que Aristóteles vio, porque verías como quien la lanza. La solución estuvo clara una vez se cambia de punto de vista para observar el evento desde otros lados; esa fue la contribución de Galileo.

Las leyes científicas las conseguimos, si es que las conseguimos, buscando la causa última y las respuestas. Parecería que sólo pensamos en términos de preguntas. La realidad es continua y dialéctica pero la percibimos fragmentada como las palabras y como las cosas que señalan esas palabras. La causa y el efecto son el sujeto y su predicado y rigen las prácticas cotidianas. Gracias a la ciencia, con su mirar instrumentado, vemos que el mundo nunca está quieto y que no conoce de fronteras ni límites. Pero al poner nombre a las cosas creamos sus contornos, decidimos dónde empiezan y dónde terminan. Eso es en sí una ilusión que pretende detener el tiempo de la cosa. Dios dentro de esa descripción humana se hace el epítome de lo quieto.

La ciencia es una definición de las cosas, dios otra. La idea de dios nos hace pensar que lo que nombremos con la palabra se convierte en realidad: confunde nuestras creaciones intelectuales con cosas, define conceptos y con eso condiciona las consecuencias de la palabra. Dios, como la más grande de las consecuencia de la lengua, queda definido como el todo. Así que la reflexión sobre la vida, dada la capacidad que crea la palabra, sería el origen teórico de nosotros mismos.  Dentro de nuestra propia descripción aparece dios, como consecuencia de la extensión infinita de nuestra existencia. Así creemos que somos el fin y que después de nosotros no hay nada. Según el antiguo testamento dios nos hizo como él pero no sabemos si fue cuando éramos pre-homínidos, homínidos, u homo sapiens.

Creer que podemos entendernos me parece de todas formas una pretensión ingenua porque sobreestima nuestra comprensión de nosotros mismos. Pensamos que si nos rigiera la naturaleza o el instinto, o si todas nuestras acciones satisficieran una necesidad genética, incluyendo nuestra capacidad de abstracción o la forma en que nos organizamos socialmente, lo notaríamos.

Nos creemos liberados del dictado de los genes porque no sentimos su mando. Sin embargo, si los genes nos “gobernaran” como lo hacen con todos los otros seres de la tierra, nos pasaría igual que como decimos que les pasa a los animales. No seríamos capaces de ver nuestro comportamiento “determinado” por el instinto, como tampoco un perro se ve a sí mismo determinado por el celo. El humano vive pensando que entiende y controla sus instintos; sin embargo, nuestros impulsos nos mueven por las rutas que la misión genética imponga. Freud le llamó a una de esas formas sociales de manipular la pulsión, “la transferencia del libido”, sugiriendo que canalizamos, pero nunca “prendemos” o “apagamos”, el instinto.

Esto me trae de vuelta a los dibujos de arriba. Noten como el chino es barrigón y redondeado. El occidental puro músculo. En el chino se marcan puntos de presión como guías en donde se mide el flujo como un pulso. El occidente apenas reconoce el golpe de la circulación en ese momento [2]. El chino no tenía una palabra para músculo, y de tocar la superficie se estudiaba el interior. Mientras el occidental define su cuerpo desde la solidez y lo estudia con instrumentos, el chino se ve a sí mismo fluido, (hasta la forma del cuerpo parece una gota) y se analizaba sintiendo.

La comparación pretende hacernos dudar sobre nuestra interpretación del cuerpo y, por ende, de la vida. No hay sólo una cualidad que caracterice al cuerpo; y que tenga alma no parece la mejor. La forma en que se describe al cuerpo condiciona nuestras preferencias ideológicas. Por ejemplo, el alma nos explica que nuestra prioridad está fuera del cuerpo. El contraste entre la representación de los chinos medievales y los europeos nos sugiere que según veamos el cuerpo, será la forma de tratarlo casual y médicamente.

Todos los humanos comparten el inventar la idea de lo sobre-natural, y de alguna manera uno podría verse tentado a decir que la idea de dios podría ser genética. Podríamos decir inclusive que la prueba de dios es que tenemos la idea de dios dentro, como sugiere Kant con la razón, o como usaban para demostrarlo algunos racionalistas.

Sin embargo, la idea que tenemos en la “mente” es en realidad otra cosa. Lo que tenemos en común los humanos no es la creencia en dios sino la idea de crear y creer, y la idea de que creer crea. Nuestra capacidad de abstracción nos fue formando.

La palabra es el alma de las cosas y dios es la más grande de las palabras porque es la que nombra al todo. Cuando me llamo ateo no afirmo la maldad y mucho menos a un diablo, pues dios tendría que ser el diablo y la maldad, o no sería todo; sino que más bien, considero que reconocer el origen de dios como palabra nos permite vivir sin dios, liberándonos al fin de la dictadura de su relleno.


[1] Shigehisa Kuriyama, La Expresividad del Cuerpo, y la divergencia de la medicina griega y china. Ediciones Siruela S.A. 2005.

[2] Miguel Servet (1511- 53), descubre la circulación de la sangre específicamente en los pulmones. A mediados del siglo 16, Servet publica su descubrimiento en un tratado teológico en 1553 que concluía que el alma estaba contenida en la sangre.  Calvino lo sentencia a morir en la hoguera. Tenía 42 años.

About Amado Martínez Lebrón

Amado Martínez Lebrón has written 17 post in this blog.

Nace durante el 1973 en Santurce, Puerto Rico. Hizo su bachillerato en Filosofía y Letras en la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras, y su maestría en Historia. Fundó la Organización Socialista Internacional (OSI) en el campus de Río Piedras. Genera propuestas de arte conceptual, además de escribir, producir, diseñar y coordinar para la industria audiovisual local. Por casi cuatro años promovió artistas plásticos y músicos, en su negocio en el viejo San Juan, llamado Enlaces Café. Es escritor y poeta.

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