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Gotas de Amor

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Masveta jugaba con las gotas que resbalaban por las ventanas de su cuarto. Era septiembre, precisamente, una noche lluviosa. Hacía meses que las nubes no descargaban su furia en Madrid, por lo que la joven rajastaní estaba en medio de una ensoñación, con fiebre y con la imagen de su amado: siempre le aquejaba esto en los días lluviosos. Miraba por el cristal y creía ver a un hombre de pelo fuerte y negro y hombros anchos que corría con un periódico sobre la cabeza; que se detenía un instante sólo para mirar arriba y sonreírla.

Masveta se tumbó en la cama de un rápido movimiento para luego apretarse la almohada contra el rostro.

—Oh, cómo he podido acabar aquí— se podía escuchar a través del cojín. —Por qué tuvimos que mudarnos… Mi amado pueblo…, ahora estaría casada con Kapinjal.

Luego miró furtivamente a su alrededor, pero sólo se topó con las cuatro paredes de su pequeño cuarto. Entonces sonrió y exclamó: “¡Kapinjal, te amo!” Rodó sobre el colchón, con el corazón palpitando a un ritmo fuerte. Desde que se mudaron de las soleadas casas de Rajastán a aquel segundo piso de un barrio obrero, con una cultura diferente, otro idioma…, sus padres no cejaron su empeño en persuadirla de que se casara con unos amigos compatriotas. Pero aquellos hombres, colegas de su padre, eran calvos y sus bigotes parecía pelusas. No se cuidaban mucho de tantas horas que trabajaban, y no había uno que no pareciera embarazado. Si se casara con alguno de ellos, podría llevar un negocio con su nuevo marido y ayudar a la familia, pero a Masveta le horrorizaba esta imagen.

Hacía cinco años que vio por última vez la sonrisa de Kapinjal, un joven tan estudioso como prometedor. Atravesaba el campo con su arado, pues su padre ese día estaba enfermo y aquello costeaba sus estudios. Sudoroso y con unos pantalones tan remendados, proyectaba lástima, pero en cuanto la vio paró de inmediato y elevó la mano para llamar su atención.

Consiguió que el corazón de Masveta se hinchara de la más clara miel y el más puro azúcar al dibujar una tímida sonrisa en su rostro. ¡Pero ahora les separaban países enteros de distancia! Para ver a su familia y para hablar con él, Masveta acudía cada sábado al locutorio de su padre y se pasaba dos horas con la mirada en la camarita del ordenador. Odiaba comunicarse así, pero era mejor que nada.

De repente un hombre alto cruzó por la calle y Masveta cogió sus mechones de pelo de lo nerviosa que estaba. Tenía la camisa empapada y sus zapatos resonaban al pisar los charcos. Su tez era igual de morena que la de Kapinjal, y también sus labios rojos. Masveta corrió la ventana a prisa y abrió la boca para exclamar algo, pero una voz a su espalda dijo: “Mi niña, ¿qué haces…? Creía haberte oído que estabas enferma.” La joven se dio la vuelta y pidió disculpas a su madre. Cuando volvió a posar la mirada hacia el cristal, el hombre ya no estaba. ¿Sería otra ensoñación?

Se tocó la frente y aún ardía más que antes…

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About Anais Moutsanas

Anais Moutsanas has written 1 post in this blog.

Cursa 2do grado de “Español: Lengua y Literatura” en la UCM de Madrid. Certificado de “corrección profesional” en Cálamo & Cran (2009). Ha publicado cinco novelas y un volumen de cuentos. También ha sido publicada en diversas publicaciones digitales.

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