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Nuestra Isla: Fotografías de Imperialismo Norteamericano en Puerto Rico

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“Some Porto Ricans as Our Artist Saw Them"

 

El sociólogo Lanny Thompson, en su libro “Nuestra isla y su gente: La construcción del ‘otro’ puertorriqueño en Our Islands and Their People” (2007), explora cómo ocurre la construcción del “otro” puertorriqueño desde el ambiente colonial de dominación y conquista, o el llamado “proyecto civilizador imperialista”, a través de la fotografía. Thompson analiza el aspecto racial y el contexto socio-histórico del pueblo puertorriqueño durante la invasión norteamericana y a la vez explora el impacto colonizador que tuvo el uso y la proliferación de las fotografías de la época.

La percepción de la nación norteamericana en el 1898 consistió en que “la mayoría de los pueblos del mundo no eran capaces de crear gobiernos eficientes, democráticos y prósperos”. Consideraban que sus instituciones económicas, políticas y culturales eran superiores a nivel global, lo cual justificaba la colonización de otros pueblos. Este movimiento imperialista les dio acceso a un mayor crecimiento económico, geográfico y comercial que a la vez logró el triunfo de la civilización anglosajona.

Este movimiento imperialista fue acompañado por la idea de “superioridad racial”. Los estudios de esta época buscaban articular esta idea mediante la distinción simbólica entre lo civilizado y lo primitivo. Las relaciones culturales se basaban en dominación-explotación (con los puertorriqueños), choques entre dos grandes civilizaciones (anglosajona versus hispánica) y el acto de civilizar a los puertorriqueño, representados como gente primitiva. Bajo esta relación cultural imperialista se construye el “otro” puertorriqueño y se desarrolla la relación colonial entre la nación norteamericana y Puerto Rico.

Thompson cita escritos de José de Olivares, los cuales enfatizan los aspectos negativos de la conquista, el estado edénico de la naturaleza de los pueblos indígenas y el horror de la esclavización y la destrucción de dichos pueblos. La fotografía se utilizó como herramienta de conquista. A través del lente del colonizador, se exalta la pobreza y la deshumanización; se antepone un juego de poder a través de opuestos: la división clara entre puertorriqueños y españoles guiada por clase social y raza.

A través de la imagen fotográfica, el vidente puede distinguir la clase social y el mestizaje de razas por claves tales como la ropa y las características físicas de los individuos fotografiados. Los puertorriqueños aparecen como mulatos de clases subalternas.  Es evidente la ausencia de la clase obrera-media y los criollos de clase media y alta, aunque existieran, lo cual elimina la presencia de una clase gobernante puertorriqueña y refuerza las dicotomías coloniales negativas entre los puertorriqueños y los españoles. A la vez, esto sugirió la urgencia y necesidad del apoyo del gobierno norteamericano, lo cual permitió un espacio de entrada hacia la invasión de la isla.

El pueblo puertorriqueño era visto como incapaz de vivir en autonomía y de crear su propia cultura, pero se le atribuyó la capacidad de aprendizaje y asimilación de otras culturas, en especial “las costumbres y ‘buenos hábitos’ de los norteamericanos”.  El indígena era visto como persona inocente y feliz “en la ignorancia de las obligaciones de la moralidad”, o sea que eran considerados “seres amorales pero no inmorales ni corruptos por la maldad”; el noble salvaje o bon sauvage. Todo parte del plan de mercadeo para venderle a un pueblo -percibido como vulnerable y primitivo- la necesidad de una nación que lo civilizara y adiestrara, que lo guiara y domesticara.

El puertorriqueño era visto como un niño infante sacado de la jungla estilo wild child de Itard, científico que intentó domesticar y civilizar al niño salvaje Vincent en nombre de la ciencia del desarrollo humano. “Entre las connotaciones de la niñez se encuentran la inmadurez, la dependencia y la necesidad de tutoría y supervisión. Pero la niñez podría connotar también la inocencia, la lealtad y el potencial educativo.” (p.39). De aquí el fabuloso concepto de la “pediatría imperial”: “dar comida a los niños hambrientos, curarlos de las enfermedades y americanizarlos en la escuela pública”. Thompson plantea un imperialismo “pediátrico y tutorial” que trata a los “niños” puertorriqueños como posesiones dependientes o mascotas con necesidad de adiestramiento.

En las fotografías de Thompson, el puertorriqueño es un ser ambiguo de raza. En las representaciones textuales y fotográficas se enfatiza el movimiento simultáneo de un triángulo racial: el desplazamiento de la raza africana, el blanqueamiento de la población y el énfasis en las raíces indígenas. La mezcla de razas resultó en gran variación en las características físicas de la población. De paso aclarar, el mestizaje no eliminó el prejuicio racial sino que lo reafirmó.

Olivares habla de “la aculturación a través del blanqueamiento de la población” y pone en duda la posibilidad de la creación de un “mejor tipo de humanidad”. La crítica a Olivares concluye al exponer la idea de que el puertorriqueño era visto como “un ‘mulato primitivo’, -pero no tan mulato ni tan primitivo- que no se pudiera blanquear y civilizar” y que los puertorriqueños eran “seres primitivos acostumbrados al régimen de trabajo asalariado”. El régimen norteamericano quiebra la autoridad patriarcal puertorriqueña, subestimándola y derrotándola. Dichas representaciones negativas le concedían la autoridad a los soldados norteamericanos de prescindir de los puertorriqueños según ellos quisieran, en especial con las mujeres, quienes eran víctimas favoritas de la explotación y con frecuencia eran utilizadas como imágenes de estereotipos nacionales negativos.

La imagen de la mujer puertorriqueña servía como máxima representación del pueblo puertorriqueño: un pueblo sumiso y vulnerable, listo para preñarse del padre proveedor (la civilización norteamericana) y ser asimilado, domesticado y civilizado bajo el régimen de los “buenos hábitos” norteamericanos.

Thompson hecha luz hacia el uso de las artes como herramienta opresora. Otro ejemplo sobre por qué es crucial que las artes sean puestas en manos del pueblo. Es urgente que se entienda el poder que conlleva el conocimiento y la habilidad de producir narrativas e historias para documentar nuestro contexto. Solo se podrá reclamar la identidad de un pueblo al reclamar el derecho de expresión de la población y al democratizar el acceso a las herramientas de difusión de mensajes para tomar control sobre nuestra propia narrativa.

About Sheyla Rivera

Sheyla Rivera has written 36 post in this blog.

Escritora, músico y gestora cultural. Nació en Puerto Rico en la década de los 80s, entre el campo y la urbe. Completó un bachillerato doble en Psicología y Sociología en la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras, y cursó la maestría en Medios y Cultura Contemporánea de la Universidad del Sagrado Corazón. Se destaca en el manejo de organizaciones artísticas sin fines de lucro, cultura visual japonesa, estudios de género y teoría cultural.

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