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Orquesta Sinfónica de Ciegos

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German Children Orchestra. Wiki Media Commons.

-Usted no entiende. No entiende como se siente uno cuando toda su vida fue olvidado, relegado a un plano oscuro y secundario. Mi madre siempre 
ocupada en alguna tarea importante como administrar las mucamas de la casa, decidir que habría de cocinarse para el almuerzo, o supervisar la maldita corbata que debía anudar a mi cuello cada mañana a las 6:35 antes de tomar el desayuno y salir disparado al colegio, a la tortura diaria de matemáticas incomprensibles y sacerdotes crueles.

Pero qué más le voy a decir, cuantas veces he de contar lo mismo. Uno tiende a repetir y en mi caso sé que repito pero no logro entender “qué es” lo que repito. ¿Los gritos? ¿El silencio?, ¿Las preguntas que tácitamente jamás llegábamos a pronunciar?

Una noche (recuerdo aunque vagamente y muy poco seguro de entender lo que pasó) mamá lloraba en el comedor, o vociferaba (no se dónde terminaba el llanto para convertirse en ira). Reclamaba a gritos algo que yo no comprendía. Mencionaba médicos, dolor. Afirmaba que se ataría las trompas. Con 11 años las únicas trompas que conocía eran las de Dumbo y su Madre en la sádica película de Walt Disney, la misma donde el protagonista queda huérfano y a merced de un mundo insensible y frívolo. Que curiosa asociación, “trompas, madres, muerte” ¿será eso un indicio de lo que no entiendo? Claro, años más tarde deduje (así como ahora razono sobre la mamá elefante y las demás tragedias) que se trataba de un aborto, seguramente espontáneo, o no (jamás lo sabré, una más de las tantas preguntas que 
nunca formulé). Luego los llamados por teléfono, y más gritos de mi madre, insultos: ¡¡¡Puta, Puta de mierda, búscate a otro que te rompa el culo!! Una
noche aparecí de improviso y me miró sorprendida, un rubor iracundo en sus mejillas delataba bajo el maquillaje tensión extrema. Allí estaba mi padre, sentado en el suelo junto al ventanal enorme que daba al Parque Oriental, 27 pisos mas abajo. Un whisky casi sin hielo y la corbata a un costado cerca de sus mocasines italianos. Los usaba el día que lo encontraron muerto. Del padre de Dumbo nunca se supo nada.

La policía tocó el timbre y segundos después gritos, esta vez de angustia pero igual gritos, siempre gritos. Usted pregunta porqué la pasión, porqué una gota de vino tinto en el puño de mi camisa me sumerge en una exagerada respuesta nerviosa, me transforma en un amasijo de furia y temblores. ¿Qué espera cuando toda mi vida la única constante fueron los gritos? Los gritos, ¡¡¡¡Los malditos y ensordecedores gritos!!!!!! Difícil entender porqué nunca quise yo mis propios gritos… perdón, (que lapsus más cliché), estaba por decir hijos, ¿o es que van asociados y evitando uno
evito ambos?

Pero aun así grito, y mi horror a tener hijos sigue allí, y mi padre muerto en el carro, ahogado por el humo azul de los 320 caballos de fuerza que 
parecían ser su único consuelo, ellos y la puta que cansada de esperarle se fue al extranjero.

Qué soledad tan grande, pobre viejo. Solo una vez le vi emocionarse.

Estábamos en el hall central del Palacio del Correo, la Orquesta Filarmónica de Ciegos interpretaba la sinfonía No. 6 de Tchaikovsky (“Patética”, que 
apropiado nombre para la anécdota) y hacia el final, en el último movimiento comenzó a llorar. Yo ingenuamente lo atribuí al “Adagio lamentoso” (según decía el programa de mano) pero no, no era tan dramático como para ser el origen de su llanto. Al tiempo leí en el periódico sobre la partida de un violinista de esa orquesta de ciegos, un niño prodigio (de mi edad) que viajaba a Europa con su madre para realizar estudios en el Colegio Real de Música de Londres. En la foto reconocí a la fulana, una mujer rubia y elegante que en un par de
ocasiones había pasado por papá en un carro oscuro y pesado mientras mi madre en Córdoba visitaba a su hermana.

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Entre las pertenencias rescatadas del humo espeso del carro, mamá encontró un libro en braille con una dedicatoria de cumpleaños. Estaba dirigida a su hijo aunque yo no entiendo braille. Ella al leerla enmudeció para siempre, nunca gritó de nuevo.

Le diagnosticaron una mudez psicosomática, una reacción histérica y como síntoma (o enfermedad) me pareció gracioso considerando que ella siempre tan consciente de las tendencias en boga padecía la dolencia de moda en la Europa del siglo XIX. De todas formas que importaba hablar a esa altura. Con papá muerto toda frase dicha no sería más que el fútil intento de comunicar un mensaje sin receptor, un texto de letras ilegibles y 
borrosas.

Y yo al medio. Olvidado. Con dos orejas grandes y once años. No me parece justo, ¿qué tengo que ver con todo eso?

Hoy no tengo hijos y en mi casa impera el más abyecto mutismo. Durante años culpé a Tchaikovsky por el dolor de mi padre y ahora imputo mi rabia al viento. No se ría, es la parábola que utilizo para conceptualizar mi vacío, lo etéreo de mi vida, mi silencio. Al morir mi madre escribió una frase en su pañuelo, decía así: “Anda placidamente entre el ruido y la prisa y recuerda que paz solo puede haber en el silencio”. Es el extracto de un escrito de Max Ehrmann, un abogado americano. Fue lo más cercano a un 
“Te quiero” que pudo dejarme en sus últimos momentos.

Y aquí, sentado, perdido, odiando a Tchaikovsky, llorando en los zoológicos sin entender, intentando adivinar el resto, lo que me espera, esforzándome cada mañana, anudándome la corbata al cuello para salir en esas madrugadas heladas iluminado por un sol que no calienta.

Por todo esto, y casi obsesivamente, en el último tiempo oigo retumbar en mi cabeza una pregunta fundamental. Una incógnita cuya respuesta 
podría sacudir el sopor asqueroso de mis días, permitirme respirar de nuevo, borrar esta historia de gritos y silencios, el suicidio de mi padre, ese hermano no nacido y ese otro hermano ciego, personajes que apenas intuyo que existieron y que nunca conocí.

-Permítame decirle que ha hecho usted grandes avances pero se nos ha acabado el tiempo.

About Pablo Lo

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Argentino hijo de italianos y españoles. Habitó en Puerto Rico luego de 15 años de vivir en Panamá y Costa Rica reeditando la diáspora familiar de sus antepasados. Estudió psicología en Argentina y 20 años más tarde vuelve a estudiarla en Puerto Rico. "Escribo para darle sentido a mi realidad… pero aún no lo consigo.”

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