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Yuliet es una…

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Una de las mejores películas de los noventas, ¿Quién diablos es Juliette? (1997), juega con el concepto del estereotipo, a la vez que explora y trasciende las reglas y convenciones del género cinematográfico al que pertenece. Este es un documental que no esconde su carácter ficticio: ya desde la primera escena, desde el momento en que escuchamos la voz del sujeto titular, se sugiere que no vemos la “realidad”, sino una interpretación particular sobre ésta. El título habla de una Juliette, pero justo cuando aparece escrito en la pantalla la chica en cuestión hace la corrección: No es Juliette, sino Yuliet. Hay una diferencia clara y en cierta manera la película tiene que ver más con esto que con cualquier otra cosa.

Todo comienza cuando su director, el mexicano Carlos Marcovich, viaja a Cuba para filmar un video musical del cantante “Benny”. La también mexicana Fabiola Quiroz, modelo y actriz, haría el papel de “la muchacha” en dicho video. Una vez llegan a Cuba conocen a una joven, Yuliet, quién se parece tanto a Fabiola, que deciden ofrecerle un rol en el video. Ellas no tardan en desarrollar una amistad y Marcovich se percata de que además de su apariencia ambas comparten otras cosas, por lo que se propone a filmarlas en sus respectivas comunidades para explorar cómo sus colectivos particulares influyen sobre el sujeto; cómo México se refleja en Fabiola y cómo Cuba se refleja en Yuliet.

Las realidades expuestas intersecan entre sí: los entornos de ambas mujeres, la idiosincrasia de sus respectivos países, el juego constante entre documental y ficción y, por supuesto, la relación entre el filme y su espectador. El filme sostiene una veracidad decididamente ambigua, poblada así de verdaderas incongruencias y de hechos verificables, ambos en el mismo plano de existencia; lo que se puede notar tanto en la estructura estética de la película, como en las historias de sus sujetos. Este aspecto se puede notar en la anécdota sobre la identidad del padre de Fabiola, la supuesta razón de sus ojos verdes. La madre de ésta nos narra sobre su romance con un arqueólogo canadiense; la narración es interrumpida con escenas de un “verdadero” arqueólogo (según la película) que la desmiente. Explica que jamás ha pasado un arqueólogo canadiense por el área, pero que hay un pueblo cercano donde hay una alta incidencia de ojos verdes en las féminas. El juicio final sobre la credibilidad de la madre versus la del arqueólogo queda enteramente en las manos del espectador, ¿a quién le queremos creer? ¿A quién le debemos creer?

Otra secuencia presenta a la abuela de Yuliet, quien relata sobre su pasado como actriz y casualmente explica el método de Stanislavsky, “cuando queremos que la audiencia llore, nosotros lloramos”. Durante este momento, la ambigüedad del filme comienza a tomar forma y luego se revela la manera en la cual las narraciones guardan relación con una de las secuencias mas extrañas del filme. De la misma manera que se hace hincapié entre la diferencia de la ortografía del título y la forma en que la propia protagonista escribe su nombre, Marcovich decide entrecortar muchas de las escenas “tristes” de la película con unas breves secuencias en las cuales Yuliet, en distintos lugares, trata de pronunciar la palabra “actuar” correctamente; ella cambia la “r” por la “l”: actual. Al principio se pudiera pensar que Marcovich está interesado en exponer la diferencias de pronunciación entre un mexicano como él y una cubana. Pero su posición en la estructura del filme es muy sospechosa; esto se repite en diferentes momentos, casi siempre después que se revela alguna tragedia. ¿ Sugirirá que el presente representado es una actuación?

En el caso de Fabiola, la sujeción ficticia es incluso más pronunciada. Cuando la chica de los ojos verdes narra sobre la muerte de su padre adoptivo (un luchador mexicano, obviamente) la vemos llorar por primera vez. En el momento exacto dónde lágrimas brota de sus ojos, la cámara se aleja para revelar el micrófono gigante que recoge sus gemidos, para luego regresar en la misma toma y ofrecer una mirada más cercana. Vemos la intención de recordar al espectador que lo que observa es una película, una producción; escogieron un momento tan íntimo de Fabiola para que no quedara duda. Las decisiones estéticas de Marcovich se hacen explícitas en esta secuencia.
Aunque nunca le vemos directamente, “el director” es una presencia palpable durante toda la duración. Descrito por sus protagonistas como “un bellaco oportunista”, se pudiera interpretar que su única ambición con la película era acostarse con una de las protagonistas. Su atracción sexual hacia Yuliet es una de las razones por las cuales el espectador puede asumir que ella es una jinetera.

Hay muchísimas escenas en las cuales Yuliet narra sobre su vida en posiciones objetivadas. Habla sobre el suicidio de su madre y la vez que fue violada, mientras se encuentra desnuda bajo sus sábanas o mientras se baña. Marcovich pudo haberla presentado en lugares neutrales donde no existiera la distracción de la posibilidad de verla desnuda. Nos vende su cuerpo, claro, pero no con la intención de excitarnos, sino de confrontarnos. Se burla de nuestra tendencia a absorber el sufrimiento del otro como entretenimiento. Nuestro deseo fetichista de ser excitados, encausados y, ante todo, entretenidos es reconocido, instigado y ridiculizado por el director. Nunca se expresa directamente que Yuliet es una jinetera, pero se insinúa constantemente; la película permite asumirlo. Marcovich se aprovecha de la atracción que ha creado en el espectador por esta sensual (y sin duda sexualizada) mujer. Deseamos que sea una prostituta porque esto justifica nuestras pre-concepciones sobre el Cuba actual y sus mujeres; de alguna manera tenemos que alimentar el estereotipo.

Marcovich no esconde las contradicciones que implican la persona de Yuliet, sino que las subraya. Así cose “los hechos” con “la ficción” en una poción apetecible, en una realidad que nos entretiene, lo cual sugiere el propósito de este extraño documental. Aunque presenta gente real, sólo se le permite al espectador conocer versiones estilizadas de la existencia de dichas personas. Hasta donde sabemos, Yuliet no es más que la imagen del deseo que Marcovich puede manejar: un pedazo de celuloide en busca de una audiencia.

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About Jean Vallejo

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Jean Vallejo Escritor y diletante empedernido que trata de dormir todas las noches, aunque rara vez lo logra. Entró a la UPR en el 2002 y ha cursado tres programas de bachillerato (sociología, literatura comparada y, recientemente, literatura en inglés). Fiel creyente de la piratería, lo que le ayuda a producir Discoteta, un podcast sobre música, sicalipsis y, por supuesto, nutrición chic.

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  1. Moisés C.D. Marcón Rosado says:

    Ante lo que expones sobre éste filme en particular eh prescindido en pensar sobre el colectivo machista que atribuye a la mujer en plano el rol en una sociedad que inmediatamente le oprime. Pero ante esto también me eh inclinado en considerar la distinción nacional de la premisa, que hasta donde puedo entender no es más que la comparativa de dos personas sujetas a sus respectivos entornos inmediatos pero que constan de cierta similitud física y psicológica condicional.

    No sé mucho en materia socio-política ni de México ni de Cuba, y si los puedo ubicar en un mapa mundial es mucho. No eh sido bien nutrido al respecto. Pero sí sé, y estoy seguro, que ambos son países autónomos, con sus (como bien expones) propias idiosincrasias, con sus coloquios y tradiciones, lo cual hace que detalles entre éstos personajes (y cualquier persona de diferente nacionalidad) se diferencien entre sí.

    Ambas mujeres, respectivamente, han sufrido vivir bajo el yugo que les obliga existir como mujeres en un mundo de hombres. Ambas han visto sus vidas ser impactadas por esto, y en esencia, el mismo instante expuesto -en la película- de su relato ‘ES’ manipulado, será empaquetado y redirigido ante la pretensión de un posible público por la siniestra mano de un hombre.

    Según lo que eh leído aquí, está claro que le director quiere que nos topemos con esta ‘irrealidad’ dispuesta por la experiencia de ver una película que parece documental. La veracidad de los hechos es cuestionable desde un principio; lo fantástico del relato suena desgarradoramente humano y esto a su vez juega un papel en nuestras sospechas. Nos podemos relacionar con todo lo que se expone, y hasta subconscientemente nos invita a dar más de nuestro interés cuando es a través de lo sufrido que nos familiarizamos –tal vez con ésto en mente el director se juega la baraja de la ‘sexualidad’, para con nuestra psiquis vacilar el nervio.

    Me encantaría ver esta película. Gracias por la crítica descriptiva de ésta. Valoro la curiosidad que ha sembrado en mi.

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